Coge las pechugas de pollo con la mano, las hunde a conciencia en el plato con huevo para asegurar que el pan rallado las cubrirá por completo. Tras amontonar una buena cantidad de pechugas rebozadasmilanesascarne empanada, las coloca una a una en el chisporroteante aceite.

En el momento en que empiezan a tomar su característico tono cobrizo, el cocinero del día se gira para participar en la conversación de fondo y añade: hay algo en lo que todo el mundo estamos de acuerdo, no es necesario comer carne todos los días, ni a todas horas.

Sus manos acompañan a sus palabras mientras emplata los muslos de pollo, de carne. El brillo en sus ojos le delata, se acerca el momento de disfrutar del plato que su madre cocinaba cada domingo en casa, e insiste: ya está mundialmente reconocido por médicos, nutricionistas, ecologistas, todos lo sabemos, no nos hace falta comer tanta carneDe hecho, no deberíamos comer tanta carne.

Me encuentro ante la contradicción más franca que he tenido el placer de presenciar en los últimos años. Gracias a este momento, mis sospechas quedan confirmadas: el veganismo ha conseguido penetrar en la vida de los no veganos.

Ha encontrado el resquicio adecuado, el de la permisividad con la raíz, con la identidad y el recuerdo. En esta balanza hacen equilibrio, y en ocasiones malabares, la sostenibilidad y la costumbre, las nuevas perspectivas y las antiguas masculinidades, las ganas de probarlo todo y las de que el todo perdure.

Cuatro años antes, en una pintoresca barbacoa con toneladas de carne y una vegetariana intrusa cargada con pimientos y huevos, el tono de la conversación era muy diferente. A la vegetariana que no quería probar una pizca de salchicha ni costillas ni morcilla ni parte animal alguna se la increpaba por tomar huevo: – Es una hipocresía, no comes carne, pero vas a comer los huevos de esa gallina, ¿qué crees que pasa después con la gallina?

Ahora, la implacabilidad reposa tranquila, mira desde lejos sin intervenir demasiado mientras la curiosidad sale a jugar despreocupada. Aún y con el ibérico en la mesa, los quesos a base de anacardos y almendra toman relevancia por su originalidad y buen sabor. Las conversaciones en la cocina aceptan de invitados a la quinoa y a esa nueva carne que venden y tanto se parece al pollo.

Los postres veganos se extienden a lo largo de la mesa atiendendo a gulas comedidas, a creativos culinarios, y a todo aquel con afán por descubrir

Recetario de Postres veganos 

The Ingredients of Our Story

A pesar de ello, de la innegable oleada de interés y entusiasmo que genera la cocina vegetariana y vegana, y el aumento de la conciencia ambiental gracias a ella, no podemos negar el sentir de sus máximos representantes y sus máximos detractores.

Para los veganos esta realidad es un fracaso, una normalización de lo vegetal sin excluir lo animal. Una forma de perpetuar el sufrimiento animal que goza de mayor aceptación que la anterior. Una forma de decir que, si duele poco, importa menos.

De la misma forma que para los amantes de los asados este panorama es sencillamente un absurdo, una moda que nada puede hacer por aportar o mejorar nuestra vida, y que jamás estará a la altura de todo lo que para ellos significa su barbacoa: amigos, calidez y familia.

Aun así, estén de acuerdo o no, el aproximamiento está servido. Las voces imparciales que reclaman un cambio en el cómo, en el porqué, en el cuánto resuenan en las casas, y ese eco se transforma en curiosidad viva, en ganas de aprender a hacerlo mejor, de comer menos carne, de recuperar guisos, de comprar huevos al vecino con huerto, de descubrir cómo hacer su pastel favoritovegano, sin lactosa, sin gluten, sin etiquetas y con el mismo potencial para crear recuerdos memorables.

En definitiva, el cómo tener más en cuenta al todo, y a todos, sin perdernos a nosotros mismos.

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