Amasa el pan con fuerza, lo lanza de una mano a otra, le da forma, lo alarga. Con la mirada en el horizonte y la determinación en sus manos, extiende la masa sobre la parte abombada y mullida del utensilio que usará para introducirla en el fondo del tandoor. En el momento de hacerlo, el reportero, pregunta:

– Pero ¿por qué no os habéis ido? ¿Por qué continuáis aquí?

– ¿Ido? Tengo a mis dos hijos en el frente ¿a dónde quieres que vaya? ¿Para quién quieres que me vaya?

Esa es la contundente respuesta de una de las mujeres que, junto con el resto, aguarda en Martuni, una localidad de Artsakh. Concienzudamente, preparan el alimento que servirá para dar fuerzas a sus maridos, a sus hijos, a los soldados que luchan en esta nueva guerra iniciada el 27 de septiembre del 2020.

Mientras el fuego no cesa entre Azerbaiyán y Nagorno-Karabakh, Artsakh en armenio, ellas vuelven a convertirse una vez más, en sustento.

En esta zona rural con apenas 12 habitantes por km2 (en Barcelona hay 15000 por km2) el conflicto ha exigido un nuevo, profundo y doloroso esfuerzo a aquellas a las que la ONU trata de hacer honor hoy 15 de octubre en el día Internacional de las Mujeres Rurales. La organización mundial reconoce su labor en las siguientes palabras:

«la función y contribución decisivas de la mujer rural, incluida la mujer indígena, en la promoción del desarrollo agrícola y rural, la mejora de la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza rural»

Lo leo repasando mentalmente las imágenes de las mujeres en Artsakh, y estas palabras resuenan frías y distantes. Como un eco las palabras, “mujer indígena, seguridad alimentaria, pobreza rural” me rodean.

Releo seguridad alimentaria y pasan ante mis todas las horas de estudio en el máster, contaminación cruzada, desinfección de tablas de cortar, la importancia de la cadena de frío. Está claro que seguridad alimentaria en el mundo rural no se refiere a eso.

Deben referirse a la seguridad que da la mujer rural a su comunidad de que ese día volverán a comer.

Entonces me invade el recuerdo de Turtuk, en el norte de Ladakh, India, a sólo 7 km de la frontera con Pakistán. A la llegada al pueblo varias mujeres cruzaban el río transportando grandes sacos de cebada, ya fuese sobre sus hombros o sobre su cabeza. De igual modo, a prácticamente a cualquier hora del día, las podías encontrar en las parcelas, separando grano de paja.

Mujeres en Turtuk, Ladakh, India transportando y preparando la cebada

Mujer Rural Ladakh

Los hombres, mientras tanto, se disponían a tomar el té o a compartir un rato jugando al balón. Y lo comprendo. Comprendo la razón de existir de este día, y veo el reflejo de la realidad a través de las palabras de María Sánchez en su libro Tierra de Mujeres:

Porque estoy intentando construir una casa, pero siempre que empiezo a poner el siguiente ladrillo, pasa lo mismo: la casa que construyo sólo está llena de hombres (…) Las mujeres de mi casa son como la umbría, esa zona de las laderas en la que apenas llega el sol. Esas vertientes que, por su orografía, quedan dedicadas a la sombra. Esa umbría donde crecen especies fuertes y donde los animales van en busca de refugio y alimento.”

Me sobreviene una nueva imagen. Esta vez del homestay cerca de Lamayuru, Ladakh. La mujer nos recibió y nos dejó sentados, junto al fuego, tomando un té con mantequilla que acababa de preparar.

Mientras dábamos los primeros sorbos, ella tarareaba en la cocina, estaba preparando una sopa de fideos, probablemente tenthuk. Tras apagar el fuego, tomó a su nieta en el capazo de mimbre, se la dispuso a la espalda y volvió hacia el campo: si necesitáis algo estaré en la parte de atrás, ah, y hay más té en la cocina – nos dijo.

Y es que podría recorrer mi viaje en India saltando de una a otra de estas historias. De mujeres que no sólo recibían y alimentaban, sino que hundían sus manos en la tierralabraban cosechaban, con el bebé a cuestas.

De la misma forma en la que Ramaderes de Catalunya reivindica y resume en su twitter:

“Grup de dones ramaderes de bestiar de pastura. Som dones, som ramaderes, som pastores, som mares, som companyes i estem unides // Grupo de mujeres ganaderas. Somos mujeres, somos ganaderas, somos pastoras, somos madres, somos compañeras y estamos unidas.

Estas palabras atestiguan y dan voz a esa vertebración fuerte, enraizada y arraigada, que lleva nombre de mujer.

A pesar de que sigan siendo umbría, de que Google nos ofrezca la corrección de Ramaders en lugar de Ramaderes, la mujer rural nunca dejará de ser fuerza, refugio, alimento.

Hoy, me permito reconocerlas con una ligera modificación de las palabras de la ONU. A las mujeres rurales:

«Gracias por la función y contribución decisivas, de todas y cada una de vosotras, por permitir que el desarrollo agrícola y rural no muera y se desvanezca, por actuar como eje vertebral de la comunidad y por ser eterno sustento»

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