Septiembre, ese mes de transición con degradado de tono. Mientras nuevos ciclos dan inicio, el gusto de los últimos atardeceres nos acompaña, los días de lluvia y gris se intercalan con días de brillante anaranjado, que aún reclaman arena, mar y sal. Es este tránsito de la calidez al frío el eterno refugio para las nuevas oportunidades.

Así lo ha vivido especialmente la comunidad judía. El pasado 6 de septiembre, aconteció durante dos noches la festividad de Rosh Hashanah, el año nuevo. A esta celebración por la creación de la humanidad, le siguió un período de reflexión y arrepentimiento, culminado con Yom Kippur, el día del perdón. Un mes, que finaliza con la festividad de Sucot, la cual conmemora la capacidad de sentir alegría más allá de las circunstancias materiales, el agradecimiento por la cosecha recolectada y el haberse sabido merecedores de un buen juicio en el día del perdón. Toda una alegoría de tan particular época que evoca al cierre y la despedida, mientras brinda y celebra el nuevo principio.

Este año, familias de diferentes partes del mundo nos han permitido acompañarles en su velada de Rosh Hashanah, en esa apertura del mes marcado por el cambio y la determinación. Su gran relevancia la convierte en una de las festividades con mayores alimentos simbólicos. La ocasión, requiere de granada, miel, manzana, jalá agulá, cabeza de pescado o cordero, puerro, calabaza, dátiles, zanahoria, remolacha o espinaca y judía verde o habichuelas. Formando cada uno de ellos parte del seder, la comida ritual, en la que en un orden específico, se conecta el alimento con la bendición asociada según su atributo o significado. Esta es la forma en la que la narrativa judía vuelve a transformar palabra en acción, a vincular a través de un bocado el deseo, la memoria y la labor.

Veremos, como aún y compartiendo el mismo propósito, algunos de estos ingredientes se encuentran adaptados al territorio donde acontece la festividad, al linaje familiar, y en ocasiones, incluso a gustos propios.

Desde Francia, nos adentramos en la cena de Debora en París. Ella, nieta de familia judía tunecina, deja claro que esa noche la indiscutible protagonista es la abuela: 

«Mi abuela se asegura de que el año vaya a ser dulceNada de poner en la mesa una cabeza de ajo sin más, o un trozo de apio. Todo lo que comemos lo prepara de tal forma que resulta un absoluto placer.«

Tal es el caso de la espinaca, este elemento utilizado para simbolizar que los enemigos desaparezcan, es convertido por estas experimentadas manos en una creación sufganiotica. Una preparación a medio camino entre el buñuelo y el rebozado, que constituye toda una declaración de intenciones: ningún contrincante nos impedirá disfrutar de cada bocado de vida de este año. 

Hagadá utilizada por familia judía en París, imágenes cedidas por Debora

De la misma forma, la calabaza, que representa la acción de «arrancar» todo lo negativo del camino, aparece en esta ocasión rebozada, en lugar de al horno, su versión más conocida. Otro importante elemento en la velada es el ajo. Éste denominado «Tume» en árabe comparte raíz con la palabra: «final«, en hebreo. La comunidad judía tunecina solía tomarlo en sustitución de los dátiles, y servía para simbolizar un año de paz y tranquilidad, así como, libre de enemigos.  Con él, la abuela prepara una jugosa tortilla con hierbas aromáticas.

En las décadas que la familia lleva reuniéndose por Rosh Hashanah, siguen utilizando esta preciosa Hagadá, recopilatorio de las bendiciones que entrecruza el francés con el hebreo, y atestigua las horas de cocina entre sus manchas de grasa.

Algo más al este queda la cena de Núria, una catalana judía celebrando Rosh Hashanah desde Ashdod, Israel. Su mesa, es una maravillosa y peculiar representación de identidades. La mesa la presiden los alimentos que darán lugar a las bendiciones: dátiles en la parte central, que no os lleve a error el color dorado derivado de su frescura, granada, para que el año sea abundante en buenas acciones, col, otra posible sustitución del puerro para que el camino quede libre de enemigos, calabaza en láminas, manzana, miel y jalá agulá

En esta ocasión, los alimentos para la bendición ocupan un puesto central y reservado para tal fin. El menú para el resto de la velada lo constituyen recetas como las alitas de pollo con soja y miel, osobuco y una de los detalles con sabor catalánc: camagrocs, o trompeta amarilla, hidratados con té negro y cocinados en salsa de osobuco.  

Además, esta cena la enmarcó la tarta de miel, uno de los postres clásicos para asegurar un año dulce, y la tarta sacher hecha de principio a fin, a manos de la hija de 13 años. Toda una forma de asegurar que el año será como mínimo inolvidablemente delicioso.  

Cena de Rosh Hashana, Ashdod, Israel, imágenes cedidas por Núria Germà

Al otro lado del atlántico, nos adentramos en la celebración de una familia de Bene Israel, asentada en Toronto, Canadá. Se trata de la cena de Ariella Daniels y su familia. Todo su linaje proviene de esta comunidad que se cree deriva de una de las tribus perdidas de Israel. Con abuelos originarios de Mumbai y Pune, y los padres criados entre India, Israel y Canadá, su mesa y platos tradicionales cuentan con la diligencia de quién vive en diáspora y un inusual toque con sabor a India.

 

 

Simanim, cena de Bene Israel, Canadá, imágenes cedidas por Ariella Daniels

Presidiendo la mesa, encontramos las comunes a las otras mesas, jalá agulá, manzana, granada y puerro. Por otro lado, es la remolacha en lugar de la espinaca, la escogida para la bendición. Así como la judía verde, que en otras ocasiones es sustituida por habichuelas o incluso semillas de sésamo, forma parte del seder para desear prosperidad y la posibilidad de compartir en comunidad. Bendiciendo el año con el deseo de liderazgo, la cabeza de cordero sustituye a la cabeza de pescado, utilizada comúnmente en la tradición ashkenazí. 

Y sin lugar a dudas, el plato que caracteriza por encima de todos a esta cena de Rosh Hashanah, es el postre: Halwa de pistacho. En palabras de Ariella: 

«La halwa está influenciada por la cocina hindú, aunque es realmente un producto muy único de la comunidad Bene Israel. Lo hacemos de forma diferente al halwa común y lo elaboramos especialmente para Rosh Hashanah, es un proceso que puede tardar hasta 5 horas e implica remover constantemente» 

Una preparación a base de leche, maicena, pistacho, cardamomo y almendra tostada, que Ariella confiesa, ha conseguido hacer en tres veces menos tiempo con algunos trucos. 

Un postre singular, como probablemente volverá a ser este año, que con buenas dosis de miel, azúcar y tartas esperamos sea deleitable y enriquecedor.

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