Las migas de las galletas, la caja de bombones, los envoltorios rusos de las chocolatinas, los posos de un largo café negro. – Armenia tiene cosas buenas, pero el chocolate no es una de ellas. – Asevera la mujer rusa, de padres armenios, desde un rincón de la Costa Brava. 

Mientras comparan rostros y parecidos de familiares – Yo diría que ella parece más bien persa, ¿no crees? –  la muchacha más joven no cesa en su caminar de la cocina al comedor. Si al inicio se encargaba de inundar la mesa con arroces, dolmas y encurtidos, ahora se asegura de que no falte la fruta fresca cortada con mimo y gracia. Los ojos le brillan, sonríe para sí misma, y no sólo.  

La chica del pelo negro se distrae mirando el móvil. Recostada en el sofá, hace oídos sordos a las peticiones de atención. Ni entiende, ni quiere, ni le satisface andar pendiente de los platos vacíos ni de los licores que los hombres beben mientras fuman junto a la mesa. Ella canta, toca el piano, pasea con sus amigas de Blanes, las cuáles no preparan ni sirven el café y la fruta para el resto al final de la comida. 

Disfruta visitando restaurantes japoneses de los que encuentra destacable desde el miso hasta el sukiyaki. Sueña con visitar Corea y aprender el idioma. De armenio tan sólo le queda el rostro, y su familia lo sabe. 

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