En ocasiones, la nieve quema. En ocasiones, por más que uno desee tener la capacidad de escribir imparcialidades ricas en SEO, frases cortas y títulos ostentosos, sus tripas le delatan. 

Rugen de fondo, no les importa la diplomacia.

Cuando tienen hambre, se aquejan. Cuando padecen, se remueven. Cuando disfrutan, se apaciguan. Se calman con un buen yogur, y se avivan con algo de chile. 

Recuerdan vuestro último viaje a India, el hospital y los diez días en que a través de ellas tan sólo pasaba agua. También recuerdan aquella vez, en que unas pizzas de media noche decidieron dar media vuelta.

Sí, las tripas son tus verdaderas compañeras de viaje. Las que estuvieron ahí, aquel verano en que tu pareja te quiso sorprender llevándote a saltar de un puente. Tus tripas, siempre fieles a ti, te alejaron de esa absoluta locura, manteniéndote amarrada a aquella butaca blanca de porcelana durante horas.  

Puede, que esa fuese la razón por la que, en otra ocasión, con tu por aquel entonces marido, decidiesen hacer lo opuesto. Decidiesen que aquel paseo cruzando las nubes era demasiado calmado. Y te llevasen a pedir al amable instructor que avivase la travesía con un par de piruetas, de vueltas, de sensación de caída libre sobre el mar tinerfeño. 

Visto así, en perspectiva, cabe decir, qué fortuna, que en ocasiones, seamos, sólo, pura y enteramente, tripas. 

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